Ante una situación de empobrecimiento y exclusión social, siempre los que más sufren las consecuencias son precisamente las personas más vulnerables, entre ellos, los colectivos de infancia y juventud por sus escasos recursos emocionales y de estabilidad afectiva para afrontar las situaciones de frustración provocadas, lo que puede llevar a las conductas disruptivas que terminen siendo crónicas en la personalidad.